sábado, 4 de octubre de 2014

"Caminante no hay camino, se hace el camino al andar."



Parece que pasen los siglos que pasen las preocupaciones humanas se van a ir heredando y es que somos seres tímidos y dudosos cuya única constante en la vida es hacerse preguntas con la esperanza de encontrar la respuesta algún día. Sin embargo nos resulta muy complicado aceptar que una vez hallemos la tan ansiada verdad ya no seremos los mismos que un día la buscaron, que la misma búsqueda nos habrá hecho cambiar y que los sueños que tuvimos formaran parte del camino pasado y otros nuevos nos habrán de acompañar. 
Heráclito en el siglo VI a.C. ya hablaba de ello y es que creía que la única constante de todos los seres era el cambio puesto que nada permanece igual: a la noche la sucede el día, lo que es claro termina por volverse oscuro, el agua que en un momento estuvo caliente acaba por enfriarse. Está idea se enmarca dentro de la expresión griega “Panta rei kai oudén ménei” que se traduciría por “todo fluye, nada permanece”  Heráclito defendía está afirmación asegurando que nadie puede entrar dos veces al mismo río… puesto que el río siempre cambia debido al continuo movimiento del agua y quien entró una vez a esas aguas tampoco puede escapar de este cambio, y, por lo tanto, no será el mismo al regresar a la orilla.  Debemos ser conscientes de ello para llegar a conocer y a vivir y tener presente que es algo propio de todo lo que nos rodea .
Si observamos la mitología griega nos daremos cuenta de que también encontramos esta afirmación y es que nosotros mismos como se relata en el enigma de la Esfinge estamos sujetos al cambio, somos los únicos seres capaces de caminar a cuatro, dos y tres patas puesto que cuando nacemos gateamos, al crecer nos elevamos sobre nuestras dos piernas y al llegar a la vejez necesitamos la ayuda de un bastón.   Esto no es más que la consecuencia  y una evidencia más de como nuestra existencia y todo lo que tenemos va cambiando a lo largo del tiempo. 
Creemos que nuestra vida está formada por esos pequeños detalles con los que convivimos día a día, con nuestra rutina, con lo que hace feliz a todo el mundo, una buena película, un buen libro, el amor, la amistad… pero cuando esto nos falla, cuando esto de golpe cambia terminamos perdiéndonos a nosotros mismos, sin saber hacia dónde dirigir nuestros pasos porque no somos conscientes de que resulta ser que nada ni nadie es eterno y nos aterra pensar en esa idea. Tenemos un miedo absurdo hacia lo desconocido, hacia el qué será de nosotros si las cosas cambian. Yo no soy la misma que era cuando empecé a escribir este texto ni tú eres igual que cuando comenzaste a leerlo para bien o para mal. Aun así debemos aprender a vivir con ello porque creo, como creía Heráclito en el siglo VI aC, que forma parte de nosotros. El cambio es la única certeza que tenemos.
Hay un poema del autor griego Kavafis que me ha ayudado a comprender esta idea, a saber que todo cambia y todo “fluye” y nada es lo que parece. Está inspirado en el viaje de regreso a Ítaca de Ulises. Se trata de una invitación al viaje, una metáfora de la vida en la que debemos ir recorriendo las diferentes etapas de nuestro camino con el fin de algún día llegar o naufragar en Ítaca, el final de nuestro viaje. Pero como en la vida lo verdaderamente importante no es el lugar hacia donde nos dirigimos sino lo que vamos viviendo durante el caminar, nuestro aquí y ahora, las experiencias y los cambios buenos o malos que nos harán aprender. A su vez y como en la vida los frenos y los obstáculos que nos pongamos en el camino no serán más que los que nosotros llevemos dentro. Debemos aprovechar el momento y los cambios que vayamos experimentando para poder vivir plenamente y una vez lleguemos a nuestra particular Ítaca (nuestros sueños) nos demos cuenta de que lo importante ha sido lo que hemos recorrido y que ya no somos los mismos que empezamos el viaje.

“Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca
ruega que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
A los Lestrigones, a los Cíclopes
o al fiero Poseidón, nunca temas.
No encontrarás trabas en el camino
si se mantiene elevado tu pensamiento y es exquisita
la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los Lestrigones, ni a los Cíclopes,
ni al feroz Poseidón has de encontrar,
si no los llevas dentro del corazón,
si no los pone ante ti tu corazón.
Ruega que sea largo el camino.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que – ¡con qué placer! ¡con qué alegría! –
entres en puertos nunca antes vistos.
Detente en los mercados fenicios
para comprar finas mercancías,
madreperla y coral, ámbar y ébano,
y voluptuosos perfumes de todo tipo,
tantos perfumes voluptuosos como puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
para que aprendas y aprendas de los sabios.
Siempre en la mente has de tener a Ítaca.
Llegar allá es tu destino.
Pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que ya viejo llegues a la isla,
rico de todo lo que hayas guardado en el camino
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.
Ítaca te ha dado el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
No tiene otra cosa que darte ya.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado,
sabio como te has vuelto con tantas experiencias,
habrás comprendido lo que significan las Ítacas.”
                                                                                              Kavafis.


 La verdad es que quedan tantísimas cosas por descubrir y por vivir y por conocer… y es que la vida humana y el pensamiento humano resultan tan sumamente complejos y  tan extrañamente contradictorios que terminan siendo maravillosos.